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EL CARMELO ES TODO DE MARIA

 

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    El Carmelo es una familia consagrada especialmente al amor y al culto de la Virgen María. Su presencia impregna totalmente la vocación carmelitana y confiere una impronta mariana particular a su contemplación y comunión fraterna, a la abnegación evangélica y al espíritu apostólico. La Virgen María llena con su presencia la historia de la Orden, nacida en el Monte Carmelo. Allí sus primeros ermitaños le dedicaron una pequeña capilla; y luego, con la aprobación de la Iglesia, se comprometieron a vivir los consejos evangélicos, en obsequio de Jesucristo y de su Madre Virgen. Santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz reafirmaron y reformaron la piedad mariana del Carmelo. Ellos propusieron a María como Madre y Patrona de la Orden, modelo de oración y fidelidad en la peregrinación de la fe y de la esperanza; totalmente dócil a las mociones del Espíritu Santo, mujer fuerte y fiel en el seguimiento de Cristo, asociada a su pasión y resurrección.

Unos veinte años después de la promulgación de la Regla (1207), la capilla construida en el centro de las celdas de los ermitaños del Monte Carmelo fue dedicada a la Virgen. Cuando pasaron a Europa subrayaron de inmediato ese marianismo. A partir de 1280, ellos afirmaron haber sido fundados en honor de la Virgen. Si se examinan los primeros documentos de la Orden, especialmente los textos constitucionales, aparece evidente la conciencia mariana en la identidad carmelitana. La figura de María se va delineando en la conciencia de los carmelitas como Madre, Patrona y Hermana.

Poco antes de la refundación teresiana ya se encontraba bien elaborada la síntesis mariano-carmelitana que se expresaba sobre todo en el Escapulario y el privilegio sabatino. Santa Teresa se insertó en esa tradición mariana y la desarrolló. Para ella María es algo así como la presencia materna en el espíritu y en la forma de entender a Cristo, a la Iglesia y a las fundaciones que irá haciendo. La Santa expresa de diversas maneras y con diversos nombres la realidad de María como ella la entiende y la vive. Los títulos marianos que más usa son: Señora, Virgen, Madre, Patrona. En Moradas 3, 1,3 escribe: “Y vosotras, hijas mías, alabadle que lo sois de esta Señora verdaderamente; y así no tenéis para qué os afrentar de que sea yo ruin, pues tenéis tan buena madre. Imitadla y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por patrona”.

María en san Juan de la Cruz está presente a lo largo de su existencia Juan de Yepes fue educado por su madre en las prácticas tradicionales de la piedad cristiana de su tiempo. Entre ellas destacaban la del culto y devoción a la Virgen. Un testigo declaró en el proceso canónico para la beatificación de Juan de la Cruz: “Era tan devoto de Nuestra Señora, que todos los días rezaba el Oficio de Nuestra Señora de rodillas… y cuando iba de camino, todas sus pláticas y conversaciones era tratar del Santísimo Sacramento y de la Virgen Santísima, y cantar himnos de Nuestra Señora”. Esta devoción a María lo llevó a escoger la Orden del Carmen.

La riqueza del carisma carmelitano mariano conduce naturalmente a vivir el matiz mariano en la espiritualidad en comunión de amor con aquella a quien los carmelitas juzgan y ven como madre y hermana. La única cualidad de la relación entre María y la Orden es su presencia continua que acompaña el caminar del Carmelo Teresiano.

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