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Desde el silencio de la fe

            Al llegar esta tarde silenciosa, la liturgia se esquematiza y despoja con una soledad angustiosa: la hora más inoportuna, la desnudez total del altar, el inicio en postración, la proclamación descarnada de la Palabra, la recogida adoración de la Cruz, la plegaria universal, la comunión reservada y el silencio, sobre todo, el silencio. Todo lo cubre el silencio. La Palabra enmudece, el olvido de los hombres borra la memoria de la Cruz, el Padre acoge silencioso la entrega del Hijo que él nos entrega, la Iglesia callamos en busca de fuerzas nuevas, de esperanzas inéditas. Es el escándalo de la Cruz. 

            En esta tarde, la fe de la Iglesia es puesta a prueba ante la muerte de su Señor. Y es una prueba que permanece viva a lo largo de la historia. ¿Cómo anunciar la muerte de la Palabra como la vida prometida? Todo el anuncio del Evangelio se concentra en esta tarde como “la palabra de la Cruz”. Es el escándalo de la Palabra que ha sido silenciada “por nuestros pecados”. Y no hay silencio mayor que el de su olvido. Y la Iglesia también olvidamos “la palabra de la Cruz” cada vez que callamos ante los crucificados inacabables de este mundo. Vivimos en una cultura de muerte que da la espalda a la vida que pende de la Cruz. ¿Cómo anunciar que semejante despojo humano es la garantía de la vida para todos? ¿Cómo no gritamos al mundo que Dios contempla a los crucificados de la historia con el firme propósito de restituirlos a la vida? Cada cruz que se levanta sobre la tierra es una promesa de justicia pendiente, de salvación inminente, de paz reconstituida. No obstante, en este desvarío general, levantamos más y más cruces, las engalanamos y enjoyamos, las paseamos para espectáculo público, para que así nadie se entere de nada. En esta tarde, la fe de la Iglesia se encuentra sumida en este silencio de muerte que todo lo invade. ¡Qué mundo más injusto, Dios mío! Al mejor de sus hijos lo hemos sacrificado, y seguimos sacrificando a todos los que configuran la vergüenza de esta sociedad que sólo piensa en su podrida opulencia de muerte. 

            ¿Cómo alimentar la fe en tan sórdido silencio? Nuestra voz no nos acompaña en esta tarde de la fe; aquí huelgan las palabras y el corazón se nos hiela ante tanto odio. Ya sólo el grito de Jesús abandonado escuchamos, y a él nos sumamos en abandono de fe, en obediencia a la Palabra silenciada, con esperanza frágil y tenue de ver el oscuro brillo de la gloria de Dios en el rostro desfigurado del Crucificado, el más hermoso de los hombres, el desconocido orgullo de la humanidad redimida por su amor.  

 

  • Lectura de la Pasión: Jn 18, 1-19, 42 

                Hoy concentraremos nuestra lectura de la Pasión sobre una selección de las palabras pronunciadas por Jesús a lo largo de su relato. Si algo le caracteriza a este relato es precisamente la parquedad de las intervenciones de Jesús. Comprobaremos así la fuerza de su silencio de fe y uniremos el nuestro al suyo.  

                            - ¿A quién buscáis? 

                Una vez que todo está ya perdido y llegan a prender a Jesús, él todavía se ocupa de la suerte de los hombres que le llevarán a la muerte. A Jesús le importa el hombre en su realidad más profunda, como alguien que busca sin encontrar. Jesús es la luz de los hombres que quiere orientar esa búsqueda humana que sin saberlo lo busca a él. Los que lo buscan no lo conocen, y hasta aquí todo es normal, pero el drama humano que allí se representa es cuando no lo reconocen a causa de su incredulidad. Jesús mismo sale a su encuentro identificándose como aquél a quien buscan sin saberlo. El relato de la pasión de Jesús comienza con esta interpelación suya que hoy sigue resonando por medio de su proclamación. El hombre está llamado a realizar un encuentro fundante con Jesús que le dará la vida que aún no tiene.

                             - El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?

                 El cáliz que Jesús ha de beber es una metáfora referida a su hora que remite a su muerte inminente. Jesús plantea entonces, frente a la agresión de la que es objeto y que le llevará a la muerte, una pregunta retórica acerca de su consentimiento voluntario a lo que se le viene encima. La pregunta, no obstante, está cargada de confianza filial al vislumbrar en todo lo que le sucede la voluntad soberana del Padre. Si interpretáramos esta reacción de Jesús psicológicamente, la conclusión a la que llegaríamos sería una aberración total. No, Jesús no cree que el Padre desee su muerte, y menos aún la clase de muerte que le espera. La manifestación de Jesús es cristológica, y así hemos de entenderla, en referencia a su misión que pasa por la entrega de su amor hasta el extremo en coherencia de fe.

                             - Yo he hablado abiertamente al mundo. 

                Ante su inicuo juez Anás, Jesús manifiesta su libertad cuando su palabra está a punto de ser silenciada definitivamente. Jesús ya lo ha dicho todo, su mensaje ha llegado a todos, pero ha topado con la lacra de la incredulidad. Por eso, estas palabras nos recuerdan el reproche del Siervo en el canto de Isaías: “¿Quién creyó nuestro anuncio?” A continuación de esta manifestación se va a producir el maltrato de Jesús vaticinado en el canto del Siervo. La libertad de la Palabra, ante la osadía que muestran el odio y la incredulidad del mundo, se dispone ya para el silencio. Jesús vivirá su hora, es decir, su entrega total, casi en silencio, el silencio de la fe postrera. Pero su libertad permanece intacta porque brota como fruto de la verdad de la que Jesús es testigo. Estas palabras de Jesús son una invitación explícita para nosotros a fin de que nosotros nos dispongamos a afrontar con parresia su seguimiento hasta la Cruz.

                             - Para esto he venido al mundo;

                            para ser testigo de la verdad.

                            Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.

                 Una vez que Jesús se encuentra ante Pilato, cuando éste se dispone a determinar su culpabilidad, respecto a la acusación que pesaba sobre él de una supuesta pretensión mesiánica: “ser rey”, lo que nos interesa recoger ahora es la confesión personal que Jesús hace allí. No sólo no confirma una mesianidad que nunca aceptó, sino que confiesa abiertamente su identidad cristológica. Jesús se confiesa como el “Viniente” al mundo, que es la única identidad que él ha reconocido de sí siempre. Ahora bien, aún dice más, pues el que se había revelado a sus discípulos como la verdad, públicamente admitía ahora que toda su vida era un testimonio fidedigno de la verdad. Y aquí debemos entender la verdad teológicamente, es decir, remitida completamente a Dios, como la manifestación desvelada de su esencia misteriosa. Jesús es el testigo de la verdad, el exégeta de Dios. Ahora bien, tal testimonio sólo es reconocible cuando el hombre se sitúa en el ámbito de la verdad, es decir, en disponibilidad abierta a la fe; y es entonces cuando la Palabra es audible en la voz de Jesús. Escuchar a Jesús en obediencia de fe es acceder a la verdad de Dios que se hace presente como Palabra y otorga el don de la libertad. Por eso, tal juicio al que injustamente es sometido Jesús, a pesar de sus dramáticas consecuencias, es una falsedad total que no le puede arrebatar a Jesús su libertad para la entrega de su amor.

                             - Mujer, ahí tienes a tu hijo.

                            Ahí tienes a tu madre.

                 La madre de Jesús le sigue con un grupo de mujeres hasta el Gólgota. Allí se acerca al pie de la cruz en compañía del discípulo amado. Tal presencia cobra así una tensión que deja entrever la importancia del momento. Jesús a punto ya de morir expresa su última voluntad y hace entrega de sí en la entrega recíproca de ambos que les pide. Jesús había prometido a los suyos no dejarlos huérfanos en su ausencia. Pues bien, la relación nueva que él establece entre los suyos, fundamentada en su amor entregado como mandato nuevo, será el modo de hacerse él presente en su ausencia. Tal relación cobra así un sentido cuasi-sacramental en la acogida mutua que sus discípulos nos deparamos unos a otros. La entrega final de Jesús, personalizada en su madre y el discípulo amado, que anónimamente nos representa a cada uno de nosotros, evoca eclesiológicamente la continuidad de su presencia en el mundo a través del amor de sus discípulos, que así configuramos la “membresía” de Cristo.

                             - Tengo sed.

                 Jesús había consentido en su muerte, reconociendo en ella el cumplimiento de la voluntad del Padre. Sirviéndose de la metáfora del cáliz de la amargura, él se había mostrado dispuesto a beberlo. Ahora, en el momento de su muerte, la sed manifestada de Jesús hace mención a su entrega total. Jesús muere de sed, del deseo de ver cumplido el designio de amor del Padre. Y de su cuerpo exangüe ya brotará un manantial de agua viva, su Espíritu prometido.

                             - Está cumplido.

                 La última palabra de Jesús se la dirige al Padre. Al entregarle la vida, Jesús reconoce haber realizado ya la obra del Padre, que no es otra que la entrega del Hijo al mundo por su tanto amor para que creyendo en él tenga vida eterna. Y Jesús muere entregando su Espíritu. Su última palabra es para todos nosotros garantía de salvación, confirmación de la Buena Noticia que en vida él nos anunció, motivo de esperanza en el designio de amor del Padre. Y aquí nos quedamos pues, mirando a la Cruz, creyendo en Jesús, recibiendo su Espíritu, esperando la acción del Padre que lo rescata de la muerte. Y ya nuestra vida será sólo un caminar hacia ese postrer “Está cumplido” que cada uno pronunciaremos llegada nuestra hora. Ahora nos queda el silencio de la fe, en esta tarde en que las tinieblas del mundo se hacen más densas. También nosotros nos disponemos a beber del cáliz de amargura, en respuesta de amor correspondido, muertos ya de sed de no ver aún saciada la sed de sentido de los hombres.

 

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