mafrancisco.jpgmaisabel.jpgmajuan.jpgmateresa.jpgmateresita.jpg

Una noche para el amor

 

            Hoy comenzamos el Triduo Pascual que se caracteriza por su liturgia singular, toda ella tan densa y evocadora, por medio de la que activamos en nosotros la memoria del Señor. Lamentablemente, en la Iglesia decrece patentemente la sensibilidad litúrgica de los más, como otro tanto ocurre en su entorno respecto a la sensibilidad hacia todo lo simbólico. Tal incapacidad creciente produce en todos un efecto por el que entramos irremediablemente en la apatía del olvido, que caracteriza a nuestra cultura actual, y de ahí pasamos a la necesidad compulsiva del espectáculo. Y así caemos frecuentemente en convertir nuestra liturgia en espectáculo insulso que ha de ser permanentemente inventado. Por el contrario, la liturgia es la representación simbólica que hace presente lo ausente; y el sacramento que ella contiene es el que activa la memoria y la transforma en gracia actual que nos asiste como auxilio que nos llega de Dios. En este triduo litúrgico tenemos la posibilidad que se nos concede una vez más de experimentar teologalmente que el hecho de ser creyentes nos hace oyentes de la Palabra y receptores del don de Dios, por medio de la memoria eclesial que conjuntamente celebramos. 

            La singular liturgia de hoy recibe la denominación de La Cena del Señor, reservada ya únicamente para esta celebración. Por medio de ella hacemos memoria de él en su última noche, que queda actualizada, representada aquí y ahora, haciendo de todos nosotros copartícipes del misterio pascual del Señor. Ésta es una noche para el amor. Es la noche de la entrega voluntaria de su amor hasta el extremo, hecha servicio humilde como modelo a seguir entre nosotros, dada como participación en la herencia del amor fontal del Padre que recibimos como el mandato nuevo del Señor. Es la noche en la que Jesús se dirige a nosotros confidencialmente para transmitirnos su revelación con toda claridad, en la que nos anuncia el envío del Paráclito en auxilio de nuestro temor, torpeza e ignorancia, en la que con la promesa de su regreso intenta consolarnos ante su partida por la ausencia suya en que quedamos. Es la noche de la entrega eucarística de su vida “por nosotros”, “por los pecados”, como encomienda para que sea prolongada en nuestra entrega propia hecha ya para siempre en memoria de él, como proclamación pública y universal de su muerte salvífica hasta que él vuelva. Todo ello forma ahora nuestra memoria creyente que nos constituye en discípulos de Jesús, que le siguen a él para estar con él donde él está, glorificado ya a la vera del Padre. 

            La noche Dios la creó para el amor. En su anonimato, la Palabra de Dios se humanó en Jesús como la luz del mundo. Al abrigo de su sosiego, Jesús la reservaba para su relación de amor orante con el Padre. En medio de su silencio, el Padre rescató a Jesús de entre los muertos como anticipo de vida eterna para todos los humanos sus hijos. Para nosotros es la noche del amor del Señor, la noche de la angustia en Getsemaní, pero también la de la espera gozosa a la llegada del novio con las alcuzas llenas del aceite de la prudencia y la sensatez. Para nosotros es la noche de la plegaria final de Jesús, a la que nosotros nos sumamos en su mismo amor, a su intercesión por su Iglesia, por nosotros mismos, y por el mundo todo, para que todos juntos lleguemos a contemplar la gloria de Dios en el rostro del Crucificado y recibamos la paz de manos del Resucitado.

             El relato de la Pascua del Señor comienza con un doble anuncio: el de su partida hacia el Padre y el de su amor extremo por los suyos. Las dos caras de un mismo amor. Es la Pascua de su amor. Y en su Pascua, los suyos cobran una relevancia muy concreta. Los suyos eran sus discípulos, pero también lo eran todos los hombres. Los suyos son los que le acogen en la fe y los que lo rechazan en su incredulidad también. Jesús pertenece a todos, tanto a los que le siguen a él como a los que le persiguen. ¿Cómo convertir esta pertenencia suya a nosotros en la nuestra a él? De esto va esta historia. Tal pertenencia recíproca se producirá en virtud de la entrega de su amor hasta el extremo y de la recepción de tanto amor por parte nuestra con el fin de generar un nuevo amor hacia todos. Tal amor en Jesús alcanza un valor extremo en un doble sentido: hasta la entrega total de su vida y como cumplimiento escatológico del designio de amor del Padre. 

            En aquella su última noche, Jesús realizó un gesto simbólico-profético con sus discípulos mediante una secuencia de seis acciones sucesivas. Cada una de ellas tiene en sí misma una fuerza evocativa y simbólica que conviene valorar. Jesús “se levanta”. La acción de ponerse en pie nos recuerda anticipadamente su resurrección, es decir, “la hora de pasar de este mundo al Padre”. Al final de la cena Jesús se lo pedirá a los discípulos también: “Levantaos”. Nosotros hemos de contemplar esta acción de Jesús como un anuncio anticipado del último acto que hará en su ida hacia el Padre: resucitar. Jesús “se quita el manto”, lo que indica el desprendimiento voluntario de su vida como la entrega cristológica. Jesús con esta sección del gesto desliza una evocación de su muerte, pues es lo que harán con él al crucificarlo. Pablo utiliza la misma metáfora, de forma inversa, referida a nosotros: “Revestíos del Señor Jesucristo”. Así pues, nuestro revestimiento de vida con su muerte hubo de ser precedido del despojamiento de su vida. Jesús “se ciñe una toalla”, evocando su diaconía cristológica; Jesús como servidor humilde de los discípulos. Al final de la cena, lo prenderán y lo atarán a él y le ceñirán una corona de espinas con el más cruel de los sarcasmos. La acción nos evoca su disposición de servicio hasta la muerte ofrecido voluntariamente. Jesús “echa agua”, que es lo mismo que les mandó que hicieran los sirvientes en la boda de Caná. Ahora es él el sirviente que ejecuta este servicio como señal de su actitud obediente. Evoca la Eucaristía, no relatada aquí pero sustituida por este gesto del lavatorio con idéntico sentido soteriológico. Jesús “se pone a lavarles los pies”. Hemos de interpretar este inimaginable servicio humilde como un ejercicio plástico de su amor “hasta el extremo”. Y de este modo el gesto evoca así también la Eucaristía. “Secándoselos”, Jesús nos recuerda que Dios enjugará todas las lágrimas y no habrá ya mas muerte, cuando pase lo viejo y lo haga todo nuevo, lo que nos da idea de la dimensión escatológica de todo el signo realizado por Jesús con los suyos.

 

            Podemos resumir la secuencia de las seis acciones del gesto de Jesús así:

                       

                        - una metáfora del paso de la muerte a la vida que evoca la resurrección,

                        - un símbolo del desasimiento total de sí y de su entrega escatológica,

                        - una muestra de vigilancia escatológica y de diaconía cristológica,

                        - un elemento sustitutivo que evoca la Eucaristía,

                        - una señal del amor con que Jesús nos ha amado “hasta el extremo”,

                        - una confirmación proléptica de la renovación escatológica.

 

            Si atendemos bien a esta interpretación, comprobaremos que todos y cada uno de estos seis aspectos pueden predicarse igualmente de la Eucaristía, que significa el misterio del amor entregado de Jesús. 

            Padre del amor, en esta noche callada y recogida en que hemos escuchado las palabras dirigidas por Jesús a los suyos, en que hemos presenciado la visualización de la entrega voluntaria de su vida por nosotros, en que hemos hecho memoria de él, incorporándonos en su sacramento de amor, el amor que ha recibido de ti y que nos ha entregado como herencia suya, con el objeto de que nosotros vivamos de él en una misma entrega a la suya, a tu presencia nos acogemos para recibir la entrega de tu Hijo amado que tú nos haces, para que por la fe participemos de tu vida eterna. Todo esto lo sabemos porque nos lo ha revelado Jesús como el Evangelio de tu designio de amor para el mundo. Ya sólo queremos acompañar a Jesús en su entrega con la nuestra. Que tu Espíritu de amor nos sostenga en esta hora santa y siempre. Tu gloria brilla ya sobre el rostro de Jesús, cuya glorificación desciende también sobre nosotros, y que nosotros te devolvemos como obediencia de fe a Jesús y de amor a él. Bendito seas, Padre del amor, por todos los hombres, como ahora con inmensa gratitud nosotros te bendecimos, desde ahora hasta la venida del Señor. Amén.

 

 

 

 

contac