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LA TENUE BRISA DE LA PALABRA

 

Domingo 4º de Cuaresma - Ciclo A

 

Jesús, la luz del mundo

            Jesús es “la luz del mundo”. Acogerlo a él es “empezar a ver”, o sea, a creer. En el texto evangélico que hoy leemos, el propósito de presentarnos la fe como “luz” se refuerza antitéticamente mostrando igualmente cómo la incredulidad es la tiniebla que ciega al hombre. La fe es siempre la única salida a la ceguera del hombre, y el camino es la renuncia al “pecado”, que en el texto aparece representada por la actitud del que “había sido ciego”. El relato parece ser una gran catequesis bautismal que describe la “curación-conversión” del “ciego de nacimiento”  al que Jesús, por iniciativa propia, “para que se manifestara en él la obra de Dios”, le hizo “ver”. El “ciego”, a través de su palabra, le vio a Jesús y creyó en él, y finalmente “se postró ante él”. La “luz” de Jesús, a él y a nosotros también, hace que lleguemos a “ver”  definitivamente, o sea, a creer en Jesús y a confesarlo. Jesús, autor de la fe, fue quien “al pasar vio a un hombre ciego de nacimiento”. Todo empieza con la propia fe que Jesús deposita en el hombre para que este llegue a “ver”. Jesús es “la luz del mundo” que actúa “mientras es de día”, ante la inminencia de la “noche” de su muerte que se acerca inexorablemente. La fe es don gratuito, anterior a toda pretensión a ella; cuando se acoge, entonces se convierte en súplica de “luz” que afiance los pasos del que ya cree. Pero el objeto de la fe es intangible e inobjetivable, precisa en todo momento del apoyo de la Palabra. No hay desarrollo en la fe sin la escucha de la Palabra, Jesús en persona. La fe cristológica del creyente confiesa que “El Señor es Jesús el Cristo”. Así lo confesó aquel hombre entonces, y nosotros cada día: “Creo, Señor”. En esta gran catequesis bautismal, que se deriva de este relato evangélico, ya solo faltaba la adoración del convertido. Y el narrador nos lo confirma: “Y se postró ante él”. Y eso es lo que el autor del texto espera que haga la audiencia del mismo al recibirlo. El texto se concentra así en presentar una instrucción acerca del proceso de la fe que todos hemos experimentado por la acogida de la palabra de Jesús.

            Y yo caigo ahora en la cuenta de que la Iglesia está compuesta toda ella de ex “ciegos de nacimiento”. En la mente del autor de este texto debía estar la evidente desnudez con la que los cristianos debían percibir la peripecia vital de su fe. En auxilio de aquella desnudez, la de aquellos primeros cristianos y la de los de todas las épocas en la historia de la Iglesia, fue redactado este precioso relato para garantizarnos que Jesús permanentemente sale en busca del creyente para confirmar su fe con su palabra.

 

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