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LA TENUE BRISA DE LA PALABRA

 

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

 

El Cuerpo de Jesús resucitado

 

Jesús es “el pan que ha bajado del cielo”, como alimento de vida en la tierra para todos los que creen en él, en virtud de su resurrección. Y por tal razón, Jesús nos asegura que “el que come este pan vivirá para siempre”, es decir, participa ya de su vida entregada y resucitada. Y esto solo es posible llevarlo a cabo en el silencio de la fe que acoge con gozo y gratitud el Misterio Pascual de Cristo. Y vivir así de la vida entregada y resucitada de Jesús produce y sostiene en nosotros los creyentes una vida entregada tras sus pasos. De alguna manera, en tanto que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, nosotros vivimos en una permanente procesión por las plazas y calles por las que deambulamos portando su Cuerpo, bendito sea por siempre, conscientes de esta fe que nos da la vida. La Eucaristía, sacramento de la vida resucitada de Jesús, es el fundamento y el culmen de nuestra vida que se entrega para que el mundo reconozca el tanto amor que Dios le tiene y que se ha manifestado de forma definitiva con la resurrección de Jesús crucificado. Más allá de los ritos sacramentales que la Iglesia celebramos hoy, se encuentra latente y vigente el inusitado misterio de tanto amor que se entrega en la entrega que nosotros mismos hagamos de nuestra propia vida, por pobre, vulnerable y limitada que esta pueda ser. Comer “este pan” nos convierte a nosotros mismos en “pan” que sigue entregándose “para la vida del mundo”.

 

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