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LA TENUE BRISA DE LA PALABRA

 

XX Domingo del tiempo ordinario

 

El valor imprescindible de la fe

         Al hacer la lectura orante de la Palabra, a veces nos sucede que nos encontramos con textos evangélicos que nos perturban porque parecen ir a contrapelo de todo lo que pensamos. El texto evangélico de Mateo nos cuenta hoy que “una mujer cananea”, una pobre extranjera, se acercó a Jesús, aquel joven profeta galileo que la gente seguía, pidiéndole socorro: “Mi hija tiene un demonio muy malo”. ¡Cuántas madres habrá hoy que estén sufriendo esta misma situación! Y lo cierto es que este relato nos desasosiega porque nos presenta a Jesús de un modo inconcebible y hasta escandaloso. Se le pide compasión y ayuda; y Jesús parece negarse a ello. Sin embargo, aquella “mujer” fue capaz entonces de activar la compasión de Jesús mediante el testimonio de su “fe” en él. Jesús le reconoció: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!” La fe es la confianza, el crédito que se le da a alguien esperándolo todo así. La fe se convierte entonces en el núcleo más profundo y veraz de la existencia humana. Por eso podemos decir que, en este relato perturbador, la humanitas siempre presente en el Evangelio confirma la experiencia universal del valor imprescindible de la fe. El Evangelio de Jesús es una sorprendente llamada perentoria y una invitación encarecida al ejercicio permanente de la fe del hombre. En este mundo nuestro, en el que ya nadie parece creer en nadie, se hace imprescindible que, los que creemos en el Dios-Padre de Jesús, demos también testimonio de fe horizontal en los hombres, en nuestros semejantes, confiando y dando crédito a la vez que esperándolo todo de ellos. Y entonces Jesús nos dirá a cada uno de nosotros también: “Que se cumpla lo que deseas”.

 

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