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LA TENUE BRISA DE LA PALABRA

 

DOMINGO 6º DE PASCUA - CICLO A
El pacto de Jesús

 

Jesús, en su última noche reunido con “sus discípulos”, preocupado por las consecuencias de su partida para ellos y tras consolarlos con un llamamiento a la fe y a la esperanza, hizo un pacto de amor con ellos. Teniendo en cuenta todas aquellas circunstancias, hemos de reconocer que la fórmula de aquel pacto tiene una solemnidad que nos alcanza hoy a nosotros también. Dice así:

“Si me amáis,
y guardáis los mandamientos míos,
entonces, yo le pediré al Padre
que os dé otro Paráclito
para que esté siempre con vosotros.”

En este pacto de Jesús encontramos, por una parte, una promesa que les/nos hacía y que le comprometía a él, y, por otra, una cláusula condicional que les comprometía a “sus discípulos” como socios de una alianza permanente. La condición consistía en la demanda de la conjunción del amor a Jesús y de la guarda de sus “mandamientos”. De este modo, la obediencia de fe se amplía con la obediencia de amor, el de Jesús por “sus discípulos” y el de estos a él. Y la promesa consistía en el envío de “otro Paráclito”, es decir, un defensor “que esté siempre con vosotros”. Así el “Paráclito” sería la nueva presencia de Jesús entre “sus discípulos” en su ausencia. Jesús y el “Paráclito” son el mismo don de Dios, es decir, Dios dándose a sí mismo mediante la unción de su Espíritu de amor, “el Espíritu de la Verdad”. Esta es una doble coincidencia, pues también Jesús acababa de decir. “Yo soy… la Verdad”, en cuanto revelación de Dios. Jesús es el Evangelio de Dios, la “palabra de la verdad”. Pero tal vez la promesa más conmovedora de Jesús aquella noche fue la que entonces añadió diciéndoles: “No os dejaré huérfanos, volveré”. Aquella era la razón del pacto que acababa de hacer con “sus discípulos”, como expresión de su afecto desbordado, de su “amor hasta el extremo”.

 

Allí quedó sellado un pacto de amor, de amor a Jesús, en las mismas condiciones que el debido a Dios, cuyas estipulaciones, “los mandamientos míos”, han llegado hasta nosotros como Evangelio; sí, como noticia deslumbrante de salvación. La efectividad de tal pacto ha quedado probada por el testimonio que de él nos ha llegado en este texto evangélico. Amar a Jesús y guardar sus “mandamientos” fue la promesa que aquellos “discípulos” le hicieron entonces, y que generación tras generación sigue siendo renovada, no sin reticencias tampoco. Amar a Jesús y guardar su Evangelio suponía entonces reconocer su identidad y procedencia en Dios, aquello que tanto y tan duramente tuvo que defender Jesús durante su ministerio. Ahora, durante su ausencia, tal identidad, la suya, ha de ser defendida por nosotros, por su Iglesia; pero hemos de advertir que tendremos que hacerlo siempre sin confundir ambas identidades, la suya y la nuestra. Y para hacerlo así no hay más camino que el recorrido por él mismo.

 

Allí quedó sellado un pacto de amor. Sí, y ahora nosotros también hemos de sellar aquel pacto de amor. Lo hicimos ya sacramentalmente por el bautismo, pero no basta, pues el hombre es flojo de memoria y toda alianza debe ser renovada de forma constante. Nosotros hemos pactado libremente con Jesús amarle y guardar su Evangelio. Amar a Jesús es hacer memoria de él, eucarísticamente, en virtud del “Espíritu de la Verdad” que “vive ya con” nosotros. Hacer memoria de Jesús es guardar su Evangelio, es aceptar y cumplir sus “mandamientos”, es hacer caso de su “mensaje” y de sus “palabras”. Tal guarda del Evangelio únicamente se efectúa transmitiéndolo. Así es como ha llegado hasta nosotros, y nosotros hemos cogido el testigo para pasárselo a otros. Aquellos “discípulos”, presentes aquella noche allí, receptores inmediatos de aquel pacto de Jesús, hicieron memoria de las “palabras” de Jesús, las guardaron y nos las hicieron llegar a nosotros a través de este texto evangélico que estamos valorando en esta experiencia orante de la lectio.

 

Sin duda, allí debió pasar mucho más; mucho más les diría entonces Jesús. Y sin embargo, la síntesis que de todo ello hicieron aquellos “discípulos”, transmitida de este modo, ciertamente desborda la esperanza de cualquier generación de creyentes. Por consiguiente, es hoy cuando nosotros seguimos haciendo memoria de todo aquello. Aquéllos nos lo relataron en este texto, y nosotros ahora continuamos ejerciendo esta memoria volviendo a relatarlo todo con nuestra propia existencia discipular. ¿Qué podemos decir nosotros todavía? ¿Qué experiencia personal y eclesial podemos seguir transmitiendo emulando lo que hicieron aquellos primeros “discípulos”? Sí, todavía podemos decir, también nosotros, que la ausencia de Jesús de Nazaret ha quedado habitada en nosotros por la Trinidad al completo; todo ello a partir del envío del Paráclito, “el Espíritu de la Verdad”. Nosotros, aún hoy, podemos dar testimonio de que tal convivencia se produce en la fe, la fe en Dios y en Jesús, que se expresa por el amor a Jesús, que a su vez es respondido por el amor del Padre, cuya prueba en nosotros es su propio Espíritu, y que se vive en la tensión escatológica de la esperanza teologal de ver llegar “aquel día” a Jesús con la “gloria” del Padre.

 

La vida teologal de la que aquí hablamos, la “vida eterna” de la que ya vivimos y en la que vivimos los que amamos a Jesús, es el don de su despedida por el anuncio de su encuentro permanente en su Espíritu. La vida teologal entonces se alimenta de la memoria de Jesús y su Evangelio. Pero hemos de comprender igualmente que esta memoria alcanza a todo lo ocurrido entonces, renovándose constantemente hoy en nosotros, a la vez que anticipa en nuestra esperanza todo lo que está por venir todavía. Por eso es una memoria celebrativa, eucarística, que también se expresa en clave orante por medio de la súplica incesante al Padre de la venida de Jesús en su Parusía. ¿A quién alcanzará nuestro testimonio? ¿Cómo se realizará la presencia de Jesús en su Espíritu durante su ausencia todavía? ¿Cómo le responderá su Iglesia a tanto amor desbordado? Sigamos pues activando nuestra memoria del amor a Jesús.

 

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